Dec
26
2011

Fotos panorámicas de la Antártida hechas con el iPhone 4.

Sí, sí, muchos ya sabéis que he estado en la Antártida. El material gráfico que hay que procesar es voluminoso, aunque no de especial calidad (entiéndase por procesar la pulsación de “Voy a tener suerte” del Picasa y la de la tecla suprimir).

No voy a explicar la sensación que se tiene al viajar con una tropa de 100 turistas, la mitad chinos, en la que cada uno carga con un bazooka de al menos 300 mm, enganchado a Canons y Nikons modelo_del_averno, y el mendas acarreando una, ya vieja, compacta Nikon P5100 y un iPhone 4. Eso sí, no he sufrido dolor en el cuello y las manos las llevaba en los bolsillos calentitas.

Con el iPhone 4 me dediqué a disparar fotos panorámicas con el programa AutoStich, y he enlazado unas cuantas de ellas en un vídeo para explorar las posibilidades. Viéndolas sobre el ordenador, se aprecia la ausencia de calidad fotográfica (menuda kk kámara la del iphone…), la ausencia de criterio por mi parte al decidir qué áreas llevar a la panorámica, el mal procesamiento del programa a la hora de empalmar y ecualizar las partes, lo mal que va tirar fotos en la niebla, sin contraste, sin luz, etc. Aún y eso, aquí lo pongo por que sí.

Está en alta resolución, o sea, que pinchar el botón de pantalla completa en el vídeo.
 

Dec
24
2011

Paseo por el Canal de Beagle, Tierra del Fuego, Argentina.

Paseo en barco turístico desde Ushuaia a la Isla Martillo por el Canal de Beagle, Tierra del Fuego, Argentina.

Durante el recorridose puede observar la fauna local: cormoranes reales e imperiales, lobos de mar, pingüino magallánico, etc.

Dec
24
2011

Feliz Todo y 2012 !!!

Baño antártico

Oct
31
2011

Balcanes, ¿qué pinta este post aquí?

Que entras en Grecia, se nota al tacto: de repente el asfalto es fino y suave al pedalear a diferencia de Turquía, donde es más basto y produce agujetas en los brazos por las vibraciones. Empiezo a circular por las carreteras de las regiones de Tracia y Macedonia en dirección a Tesalónica. No me inspira mucho el perderme por Grecia. Empieza la temporada turística y estoy escaldado de Turquía. También tengo saturación de restos arqueológicos, por lo cual pienso que puedo lo mejor puede ser buscar el interior y tirar hacia los países balcánicos más exóticos.

Un nuevo idioma, un nuevo alfabeto, como diría Steve, todo vuelve a cambiar. Los paneles de la carretera no son muy difíciles de traducir. El griego se hace agradable de escuchar, y enseguida las frases habituales de viajero funcionan. Aquí sí te entienden cuando las pronuncias. Eso sí, el nivel económico se ha disparado a las nubes. Dormir en cama se hace imposible por menos de 20 euros la noche, y la comida también es más cara. Se impone un régimen estricto de hamaca por la noche, y visita a los LIDL para reponer alimentos. Es curioso, al doblarse prácticamente el coste de la vida con respecto a Turquía, mis gastos se reducen a menos de la mitad al cambiar a modo austero-espartano-pordiosero. La hospitalidad ha desaparecido por completo. Signo definitivo de que he entrado en Europa.

La carretera va hacia el oeste, entre pinares, lagunas (llenas de pelícanos y otros pájaros), granjas de paneles solares, montañuelas y veladas en compañía de los bichos locales. El fantasma de la dermatitis vuelve a aparecer entre mis piernas, con irritación, abrasión y supuración de los glúteos más un ataque hemorróico que convierte en un calvario ir en la bici. De hecho, voy casi todo el tiempo pedaleando de pié. Tesalónika está a pocos días, y una vez allá, descansaré para recuperar las capacidades. Me cruzo con otro ciclista y tras los saludos pertinentes e intercambio básico de información, me dice que en Tesalónika la cosa de dormir está carilla, y que lo más barato es una negocio que alquilan habitaciones y camas en dormitorio comunitario a partir de 20 €. Con todo el ahorro que llevo acumulado de dormir en hamaca, me podré permitir el “lujo” de dormir en cama mientras me recupero.

Tesalónika es una ciudad muy grande. Seguramente me parecen más grandes las ciudades de lo que son por el hecho de ir en bicicleta. No obstante, es grande, con avenidas inacabables en todos los sentidos. Saturada de tráfico y con un bullicio continuo. Después de un par de horas de correr por sus calles, llego al chiringuito tipo Hostel donde voy a estar unos días. El lugar es difícil de encontrar, incluso en los negocios de al lado no saben darte explicación, pero las instalaciones son de lujo, con unos dormitorios grandes, modernos, impecables de limpios y con un baño que parece de hotel de 5 estrellas. Al final habrá sido una buena inversión.

Empieza la visita a la ciudad, nada del otro mundo. La saturación de visitas a ciudades también hace su efecto. Está plagada de monumentos, museos, instalaciones y bares, muchos bares, con comida barata y apetitosa. El bullicio universitario de gente joven impregna energía en todos los lados. Por la tarde, desde la habitación, un escándalo increíble llega desde el paseo. Una muchedumbre lo llena en toda su longitud. Gente gritando consignas con el puño en alto. Detenciones de la marcha para lanzar proclamas. Bombos y otros ruidosos artefactos ensordecen con dolor. Ostras con los griegos… cómo salen a la calle a manifestarse. Con tanto problema económico, que si rescates, que si paro… sí señor, ¡a tomar la calle!. Al día siguiente, lo mismo. Otra manifestación igual, miles de personas dando el callo. Estoy viendo que todas las zonas verdes están ocupada por personas que duermen sobre cartones y que llevan sus pertenencias en bolsas o carritos. Nadie les dice nada. Parece como si cualquiera pudiera verse en esa situación mañana y mejor respetarlo. Le pregunto al encargado del lugar por el tema y me responde que las manifestaciones no son por los problemas económicos del país. Resulta que un equipo de fútbol local no puede mantenerse en la categoría por falta de dinero, y los hinchas salen todos los días a quejarse. Vale. La próxima vez preguntaré antes de dejar volar la imaginación.

Esta región griega se llama Macedonia, no sé si de frutas o no. El caso es que si tu siguiente país es Macedonia, no te puedes referir a él como tal, pues los griegos se sienten ofendidos por utilizar el nombre de su región para el país_ese_de_al_lado_que_molesta. Normalmente se refieren a él como FYROM (pronúnciese fairóm), de Former Yugoslav Republic Of Macedonia. Como Grecia ha dejado de tener morbo como país para pedalear, decido ir hacia el norte, al país que tiene un nombre en siglas para acabar diciendo que es una ensalada de frutas.

De golpe, tras cruzar la frontera sin mayor trámite que enseñar el pasaporte y sonreír las gracias de los agentes sobre el fútbol español, se nota un cambio de plano de realidad. Se entra en un mundo con menos recursos, rural, lleno de plantaciones de vides, con coches que vuelven a ser herencia del pasado soviético, y otra vez los dolorosos monumentos a los caídos en la retahíla de guerras pasadas. Entro en el caldero balcánico, todavía con buena temperatura, con la religión usada para autosegregarse y la dirección política bailando a saber con qué sones. No obstante, todo está muy calmado, con muy poca gente. Hay mucha tranquilidad.

Pocos kilómetros después del paso fronterizo, aparece la población de Gevgelija. Da la impresión de ser lugar de “servicios transfronterizos” para los griegos, más que nada por la cantidad de clubs, casinos y otros oscuros lugares que se ven.

A partir de aquí, escribo desde Nueva Zelanda. Estoy a 30 de octubre de 2011. Había abandonado este episodio en parte por la desmotivación que me supuso el recorrer la parte europea del viaje, lejísimos del exotismo asiático que se había mantenido hasta Turquía. Pero desde el momento presente, echando la vista atrás, no tengo más remedio que continuar el relato desde otro plano. Un plano que lo enlaza con estos días.

Si aceptamos que todo se rige por la ley natural de la causa y el efecto, en la cual todo fluye y donde sembramos nuestras semillas de futuro a la vez que cosechamos lo sembrado anteriormente, a toro pasado, veo que aquí hubo una relación de causalidades (que no casualidades), que paso a relatar.

Después en Gevgelija llego a Negotino, todavía con un resto de ataque hemorróico, el culo en carne viva y tratando de explicar a la farmaceútica del pueblo, por medio de signos, lo que me pasaba. Esa noche deseaba dormir en una cama, y, tal vez, dejar a mis posaderas un día o dos de descanso en busca de la reconciliación con el mundo del ciclismo de carretera. Primera causalidad: ataque hemorróico determinante. Entré a un súper a por algo de comida. Al ir a pagar, con mi medio ruso, pregunto a la cajera por un sitio barato para dormir. Me dice que no, que el único hotel es uno muy grande que ya he visto al entrar a la población y que se sale de presupuesto. Andando hacia la puerta, con el pensamiento en ir a poner la hamaca a las afueras, me detiene un chaval que me dice, en inglés, que ha escuchado lo que le decía a la cajera, y que sí existe un lugar barato al que ir. Se trata del monasterio de San Jorge, en las afueras, donde dan alojamiento. Segunda causalidad: un espontáneo me dirige hacia un lugar imprevisto. Salgo del pueblo y sigo las indicaciones que me llevan al monasterio, el cual tiene instalaciones para llevar a cabo encuentros, convivencias, campamentos, jornadas, etc. No hay nadie, y después de pasear un rato, me sale al encuentro el encargado. Simpático personaje que me da hospitalidad inmediata, y me lleva a una habitación con cama, mucha luz natural, y tranquilidad. Precio por noche, unos 4 euros. El recibo que me rellena no tiene precio. Me pregunta mi nombre, le digo que Francisco Ibáñez Perales, y el lo transcribe a cirílico con absoluta naturalidad.

Genial, me quedo un par de días. Bien descansado y recuperado, llega la mañana de partir, todavía sin ninguna idea de hacia dónde dirigirme. “Casualmente” “esa” mañana, aparecen dos parejas de lugareños, con los que desayuno y hacemos una buena tertulia. Uno de ellos me sugiere una ruta bonita a seguir, en dirección a Albania, a los lagos que están en la frontera entre los dos países, concretamente, ir a Ohrid. Tercera causalidad: un espontáneo que aparece sólo el día de partida, no antes, y me da una ruta que seguir. Con ese objetivo, empiezo una bonita ruta, con viento en popa, que siempre hace más agradable el pedaleo, y que me hace ganar distancia tan ricamente. Al segundo día, veo que, en sentido contrario, se acerca otro ciclista con alforjas. Nos detenemos. Es francés. Viene de Ohrid y me comenta el sitio donde ha dormido, con muy buenas referencias. Si alguien de solvencia, como puede ser otro colega viajero, te da una buena referencia, úsala, ahorra sufrimiento. Así pues, continúo hacia Ohrid, con un croquis en un papel del lugar donde puedo instalarme. Cuarta causalidad: un ciclista espontáneo que me condiciona un alojamiento. Creo que tarde otro día en llegar a Ohrid. Con el croquis del francés en la mano, voy siguiendo las calles en busca de la guest house. De repente, un “pescador de turistas” me echa el alto y me pregunta si busco alojamiento. Le digo que no, que ya tengo. Me ofrece mejores condiciones sean cuales sean las que tiene donde voy. Cómo aprieta la crisis en todos los lados… Sin oponer resistencia a lo que está ocurriendo, le digo que de acuerdo, que vamos. Quinta causalidad: un espontáneo me redirige de un posible alojamiento a otro. Con la bici en la mano, nos dirigimos paseando y arreglando el mundo hacia su casa. Efectivamente, es su casa particular, y tiene dos habitaciones que ofrece a los viajeros. En la del piso superior, hay un canadiense. En la del piso inferior, una china. Abajo más barato. Escojo abajo. Sexta causalidad: podía haber cogido arriba. Abro la puerta de la habitación y allí está… Suki. Nos saludamos. Ella está preparando comida en su hornillo eléctrico, con el ordenador abierto lleno de pictogramas en chino. Mmmmm, buen feeling de entrada. Me explica su historia. Qué “casualidad”, también es víctima de “causalidades” que la han forzado a estar ahí en ese preciso instante. Viajaba con una amiga, y tenían la intención de cruzar a Albania. Resulta que con su pasaporte necesita un inesperado visado para entrar en ese país, y su amiga no. Aquí se separaron. Llevaba 3 días atascada mientras intentaba gestionar el visado para Serbia pero no sacaba nada en claro. Salimos a cenar y pasear por el lago a la noche. Mmmm, la corriente seguía fluyendo. Al día siguiente hablamos y, viendo que eso no podía ser casual, decidimos unir nuestros planes, visitar los países balcánicos juntos y explorar nuestra coincidencia. De esta manera empezamos los tres una peregrinación por Albania, Kosovo, Montenegro, Croacia y Bosnia. Digo los tres refiriéndome a ella, a mi y a la bicicleta, que empezó a viajar en autobús y en tren como un paquete más. Otra causalidad aparece, lo mismo que antes fue para juntarnos, ahora es para separarnos. Unos problemas domésticos hacen que ella deba partir, con urgencia, hacia China. Encuentra un vuelo interesante desde Bulgaria, y nos separamos en Sarajevo, donde ella toma un tren hacia Sofia. Recuerdo que el desconcierto que sentí fue grande, pero fiel a mi lema del viaje (adelante), tome la loba de nuevo y descendí por Bosnia y Montenegro hasta Albania, la cual crucé en pleno fervor de los últimos partidos del mundial de fútbol hasta Vlore, donde un ferry me llevaría hasta Brindisi, en el sur de Italia.

Las anécdotas vividas en estos países fueron muchas, a diario, como siempre, y casi mejor que queden como testigos las fotos comentadas del álbum correspondiente en picasa.

Durante un año hemos mantenido contactos esporádicos, cada uno desde sus circunstancias, siguiendo caminos separados. Hace unas semanas, los caminos apuntan a un nuevo encuentro, esta vez en sudamérica. Mañana vuelo para Brasil.

 

Balcanes10

Oct
31
2011

Meditación vipássana, o como librarse del sufrimiento en esta vida.

Hacía días que recibía inputs sobre los cursos de meditación vipássana. Que si mi primuki, que si Lourdes y el escrito del ciclista en el que explica su experiencia, etc. Este último mes en NZ parecía el momento ideal para realizarlo. Una búsqueda en google, y resulta que, en la isla norte, hay un centro vipássana a una hora de Auckland. El enlace por bus desde Paihia, donde me encuentro, es bueno. Miro el horario de cursos. Uno empieza el 12 de octubre y es de los de 10 días. El trámite de inscripción por internet es fácil, y en un pis-pas, ya estoy a la espera de que comience.

He de reconocer que fui totalmente ajeno a lo que iba a ocurrir, sin conocimiento previo de la técnica, de la filosofía, y lo máximo que sabía era lo que, en la web, la organización Dhamma exponía. Como detalles iniciales te muestran un código de conducta a seguir durante el retiro que es fácilmente asumible: No matarás, no harás guarreridas sexuales, no robarás, silencio absoluto, no tendrás contacto físico con nadie, etc. Luego tienes un horario que realmente asusta: levantarse a las 4 de la mañana, 11 horas de meditación cada día con algunos descansos para comer y a dormir a las 9 de la noche. La comida es vegetariana: desayuno a las 6:30, comida a las 11:30 y la cena es a las 17:00, sólo fruta y té. Es decir, 13 horas de ayuno cada día. La mente ya empieza a generar excusas para rechazar el curso: no lo voy a poder soportar, me voy a morir de hambre, no voy a descansar, mis pobres piernas me van a doler hasta la muerte, y mil tribulaciones más que son una pista de qué va a ocurrir: una batalla entre la mente divagante con su pensamiento compulsivo, y la calma que sabemos que se puede experimentar y que es tan difícil en la existencia cotidiana.

Una de dos, o aceptas el programa porque te sientes preparado, o ya ni vas. Desde Dhamma insisten en que asistas con la firme intención de finalizar los diez días, para poder experimentar todo el proceso. Nadie te recluye, y puedes abandonar en cualquier momento, pero mejor ni ir si piensas en esa posibilidad.

El lugar, cerca de Kaukapakapa, es paradisíaco. Todo verde, verdísimo. Un pequeño valle orientado este-oeste, con sol todo el día (menos cuando llueve, cosa habitual en primavera), es surcado por un riachuelo. Las instalaciones para realizar los cursos se encuentran escondidas entre la frondosa vegetación. Los animales campan sin miedo por todos los lados. Conejos, póssums, pájaros, una vaca, y otros bichos, saben que no van a recibir mal y se comportan de manera confiada.

Para facilitar el desarrollo del curso, hay segregación por sexos, con la intención de no generar ningún impulso sexual que estimule la ya de por sí calenturienta mente humana. Se comparte la sala de meditación, pero el comedor y la zona de dormir no. Cada cual dispone de una habitación individual de unos 2×3 metros, con una cama y unas perchas, 100% austero. De esta manera, se puede meditar en solitario durante los períodos indicados para ello. No da tiempo a establecer mucha relación con l@s compañer@s antes de la presentación del curso y el establecimiento del toque de queda.

En los cursos vipássana se enseña la técnica que, hace 2500 años, el Budha desarrolló tras descubrir la manera de modificar el mecanismo mental que nos hace adictos al sufrimiento. De esta manera, dejamos de generar más sufrimiento y superamos todo aquel que acarreamos por nuestro pasado (según ellos, por muchas vidas). No se trata de aprender budismo como religión. No hay ningún elemento religioso en el curso, y está abierto a todas las personas de cualquier religión o ideología. Las instalaciones están libres de cualquier signo identificatorio, no hay mandalas, campanas, rosetones, inciensos, velas, figuras, altares u otros elementos que pudieran incomodar a nadie. Además, se insta a no practicar durante los diez días los rituales, oraciones, o cualquier acción relacionada con tus creencias. La intención es tener un espacio personal no interferido por nada. El silencio del lugar, el hecho de permanecer las 11 horas de meditación más las 7 de dormir con los ojos cerrados (mayormente) y el no disponer de teléfono, ni ordenador, ni papel para escribir, ni nada para leer, cortan radicalmente las entradas habituales de información con las que nuestra mente compulsiva se ceba para generar continuamente pensamientos no solicitados.

Todo está listo. Sólo falta el maestro.

El curso es impartido siguiendo unas grabaciones del maestro Goenka, un birmano, anciano pero todavía vivo, que llevó a cabo una gran labor de difusión de estas enseñanzas en la India y en su país. Su inglés es muy peculiar, y hace reir a todos en un momento u otro. Para los que no tenemos el inglés como lengua nativa, disponen de traducciones a nuestros idiomas para asegurar la perfecta comprensión de la técnica tal como la explica Goenka en el original. Goenka llevó al gobierno birmano y a prisiones los cursos de meditación vipássana, con asombrosos resultados al experimentar los seguidores los efectos de esta técnica. En la sala de meditación se encuentran dos profesores que se encargan del seguimiento individualizado del alumnado y asegurarse de que nadie se queda descolgado. El procedimiento es el mismo siempre, según ellos, igual que el utilizado por el Budha allá por el 500 A.C., y que experimentaron cientos de miles de personas. El Budha no fue el creador de la técnica. Ésta fue enseñada y practicada anteriormente a él. Su aportación fue el mecanismo de modificación del esquema mental basado en la meditación.

Intento explicar cuál es el mecanismo cerebral que nuestra mente usa continuamente para generar sufrimiento. Nuestros 5 sentidos más la mente son los que nos ponen en contacto con el exterior. A través de ellos percibimos sensaciones, las cuales son, instantáneamente, filtradas por nuestra mente inconsciente. Nuestro cuerpo reacciona generando emociones. Éstas, a su vez, determinan nuestro estado físico tras dicha percepción. Inconscientemente reaccionamos de una de estas tres maneras: no me gusta, me gusta o neutral. Si la condición es de no me gusta y la mantenemos durante cierto tiempo, genera aversión, la cual es un estado mental realmente estresante y desagradable para la conciencia. Si la condición es de me gusta y persiste en el tiempo, genera ansiedad, también desagradable y estresante. Una condición neutral puede pasar o convertirse en cualquiera de las otras dos. Así pues, continuamente estamos generando sentimientos de ansiedad o aversión por todo, lo cual nos genera un estado mental consciente de pensamientos y emociones negativas que nos hace sufrir. Sufrir por lo bueno y por lo malo. Por lo bueno que deseo que me ocurra o que ya me ocurrió, y por lo malo que creo que me puede ocurrir, que no quiero que me ocurra o que ya me ocurrió. Siempre proyectando en el pasado o en el futuro. Contra más vueltas da nuestra mente consciente a estos sentimientos, más profundos se hacen y conforman nuestra “personalidad” totalmente condicionada y ejercen una influencia negativa en nuestro cuerpo físico que todavía intensifica más las ansiedades y aversiones. Cuando nos llega el momento de actuar, inconscientemente, vamos a utilizar todo el esquema de aversiones y ansiedades que acumulamos para actuar reactiva y caóticamente ante cualquier situación que requiera nuestro pensamiento, palabra u obra. Actuando bajo la ansiedad o la aversión, no podemos juzgar objetivamente la situación y nuestra acción va a ser egoísta e injusta. Como todo está sujeto a la ley de la causa y el efecto, nuestra actuación va a generar circunstancias y eventos caóticos e injustos. Estos eventos, a su vez, van a generar sensaciones acordes en nuestro cuerpo físico, ante las cuales vamos a reaccionar con aversión, lo que perpetúa el ciclo del sufrimiento.

El proceso se puede intelectualizar y puede ser comprendido e identificado en nosotros mismos y en los demás. En un momento de tranquilidad mental, incluso podemos hacer buenos propósitos de cambio, pues reconocemos en nosotros mismos este bucle infinito que perpetúa el sufrimiento en base a cómo actuamos. Es como los buenos propósitos de año nuevo, identificamos los cambios que deberíamos hacer en nuestra vida, pero difícilmente los llevamos a cabo. Sencillamente no podemos, nos rendimos y continuamos con los viejos hábitos.

El esquema mental de ansiedad/aversión es poderoso, lo alimentamos desde el mismo momento en que, tras nacer, descubrimos que llorando podemos obtener el alimento. A partir de ahí generamos nuestra personal y única estructura de reacción que nos va a condicionar ante cualquier decisión a tomar.

El Budha descubrió que era imposible cambiar este esquema mental a través de la consciencia, ya que es un mecanismo que ejerce desde la mente subconsciente. Basándose en ello, desarrolló la meditación vipássana, la cual nos va a permitir cambiar la forma en que reaccionamos ante las sensaciones (con aversión o ansiedad) por un estado de ecuanimidad, sin juzgar y libre de ansiedad o aversión.

Cuando la mente consciente experimenta ecuanimidad produce sensaciones y pensamientos positivos, los cuales se reflejan instantáneamente en el cuerpo y favorecen dicho estado. Las actuaciones no son egóticas y reflejan altruísmo, y, a su vez, afectan al mundo positivamente, convirtiendo las acciones en harmoniosas y generadoras de bienestar. Esto es percibido por nuestros sentidos como sensaciones que nos van a permitir liberarnos del ciclo generador del sufrimiento y establecer uno de genuina paz y harmonía.

Muy bonita la teoría, pero… ¿cómo narices lo vamos a hacer? ¿cómo metemos mano a nuestro subconsciente, al cual sólo identificamos por cómo gestiona nuestras reacciones? ¿qué hacemos en la práctica para cambiar el resorte que nos hace juzgar cada entrada de nuestros sentidos y catalogarla como buena o mala y pasar a observar esa entrada ecuánimamente? La respuesta es: necesitamos practicar un comportamiento ecuánime de una manera diferente a lo hasta ahora vivido. Algo donde la mente subconsciente no tenga todavía un comportamiento adquirido. ¿Pero eso existe? Sí, y todos lo llevamos dentro. Se trata de observar nuestro cuerpo identificando las sensaciones que están ahí y que normalmente sólo sentimos cuando son muy fuertes. En un estado de mente calmada y concentrada, que se obtiene con la técnica de concentrarnos en la respiración, fijamos nuestra atención en las diferentes partes del cuerpo y observamos las sensaciones sin clasificarlas en buenas ni malas, sin generar aversión o deseo por ellas según nos gusten o disgusten. Aplicamos ecuanimidad. A partir de ahí, son diez días de trabajo más que intensivo en los que la mente subconsciente nos va a intentar sacar de la concentración continuamente, sin descanso. Aunque muchas batallas las va a ganar ella, poco a poco podemos mantenernos con la mente en blanco, sin verbalizar, concentrada en la labor de repasar las sensaciones del cuerpo y dándonos cuenta de que todas son transitorias: tienen un comienzo, ganan una intensidad, se mantienen un tiempo y desaparecen. Son impermanentes, “Anicca”, en la lengua pali. En cuanto aceptamos su impermanencia, subconscientemente estamos aplicándolo a todo en esta vida (básicamente, hasta la vida misma es impermanente), y al aplicar la ecuanimidad, estamos rompiendo la cadena del sufrimiento al no reaccionar ante las sensaciones y no incrementar las ansiedades o las aversiones que eternizan el proceso del sufrimiento.

Hasta aquí hemos visto el proceso por el cual dejamos de generar nuevo sufrimiento, pero la técnica tiene su guinda. A través de la práctica del proceso, al cesar la creación de nuevo sufrimiento, empiezan a aparecer en nuestra mente todas aquellas reacciones antiguas fruto de traumas y experiencias negativas, es decir, nuestra “mochila emocional” empieza a aparecer por el hueco dejado. Como ahora somos capaces de actuar con ecuanimidad, no reactivamente, todas y cada una de estas antiguas cargas (senkaras en el lenguaje de la época), se disuelven bajo el paradigma de la impermanencia. Anicca, anicca, anicca.

Duro trabajo. En diez días te enseñan de qué va, pero es trabajo para toda la vida. El maestro Goenka insiste: trabaja diligentemente, pacientemente, persistentemente. Medita 2 horas por día y cada año dedica 10 días a un curso.

Lo más asombroso es cómo se avanza en el proceso de auto descubrimiento de la técnica. No se te dice lo que va a ocurrir nunca, para no predisponerte. Se te enseña la técnica de meditación vipássana, que consiste en la concentración sobre tu cuerpo para percibir las sensaciones que hay en él. A partir de ahí la experiencia es personal, cada cual la vive a su manera, y es mejor no comentarla mucho para no generar expectativas, o, lo que es peor, ansiedades o aversiones.

Éste es el enlace a la página web de Dhamma: http://www.spanish.dhamma.org/

 

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