Que entras en Grecia, se nota al tacto: de repente el asfalto es fino y suave al pedalear a diferencia de Turquía, donde es más basto y produce agujetas en los brazos por las vibraciones. Empiezo a circular por las carreteras de las regiones de Tracia y Macedonia en dirección a Tesalónica. No me inspira mucho el perderme por Grecia. Empieza la temporada turística y estoy escaldado de Turquía. También tengo saturación de restos arqueológicos, por lo cual pienso que puedo lo mejor puede ser buscar el interior y tirar hacia los países balcánicos más exóticos.
Un nuevo idioma, un nuevo alfabeto, como diría Steve, todo vuelve a cambiar. Los paneles de la carretera no son muy difíciles de traducir. El griego se hace agradable de escuchar, y enseguida las frases habituales de viajero funcionan. Aquí sí te entienden cuando las pronuncias. Eso sí, el nivel económico se ha disparado a las nubes. Dormir en cama se hace imposible por menos de 20 euros la noche, y la comida también es más cara. Se impone un régimen estricto de hamaca por la noche, y visita a los LIDL para reponer alimentos. Es curioso, al doblarse prácticamente el coste de la vida con respecto a Turquía, mis gastos se reducen a menos de la mitad al cambiar a modo austero-espartano-pordiosero. La hospitalidad ha desaparecido por completo. Signo definitivo de que he entrado en Europa.
La carretera va hacia el oeste, entre pinares, lagunas (llenas de pelícanos y otros pájaros), granjas de paneles solares, montañuelas y veladas en compañía de los bichos locales. El fantasma de la dermatitis vuelve a aparecer entre mis piernas, con irritación, abrasión y supuración de los glúteos más un ataque hemorróico que convierte en un calvario ir en la bici. De hecho, voy casi todo el tiempo pedaleando de pié. Tesalónika está a pocos días, y una vez allá, descansaré para recuperar las capacidades. Me cruzo con otro ciclista y tras los saludos pertinentes e intercambio básico de información, me dice que en Tesalónika la cosa de dormir está carilla, y que lo más barato es una negocio que alquilan habitaciones y camas en dormitorio comunitario a partir de 20 €. Con todo el ahorro que llevo acumulado de dormir en hamaca, me podré permitir el “lujo” de dormir en cama mientras me recupero.
Tesalónika es una ciudad muy grande. Seguramente me parecen más grandes las ciudades de lo que son por el hecho de ir en bicicleta. No obstante, es grande, con avenidas inacabables en todos los sentidos. Saturada de tráfico y con un bullicio continuo. Después de un par de horas de correr por sus calles, llego al chiringuito tipo Hostel donde voy a estar unos días. El lugar es difícil de encontrar, incluso en los negocios de al lado no saben darte explicación, pero las instalaciones son de lujo, con unos dormitorios grandes, modernos, impecables de limpios y con un baño que parece de hotel de 5 estrellas. Al final habrá sido una buena inversión.
Empieza la visita a la ciudad, nada del otro mundo. La saturación de visitas a ciudades también hace su efecto. Está plagada de monumentos, museos, instalaciones y bares, muchos bares, con comida barata y apetitosa. El bullicio universitario de gente joven impregna energía en todos los lados. Por la tarde, desde la habitación, un escándalo increíble llega desde el paseo. Una muchedumbre lo llena en toda su longitud. Gente gritando consignas con el puño en alto. Detenciones de la marcha para lanzar proclamas. Bombos y otros ruidosos artefactos ensordecen con dolor. Ostras con los griegos… cómo salen a la calle a manifestarse. Con tanto problema económico, que si rescates, que si paro… sí señor, ¡a tomar la calle!. Al día siguiente, lo mismo. Otra manifestación igual, miles de personas dando el callo. Estoy viendo que todas las zonas verdes están ocupada por personas que duermen sobre cartones y que llevan sus pertenencias en bolsas o carritos. Nadie les dice nada. Parece como si cualquiera pudiera verse en esa situación mañana y mejor respetarlo. Le pregunto al encargado del lugar por el tema y me responde que las manifestaciones no son por los problemas económicos del país. Resulta que un equipo de fútbol local no puede mantenerse en la categoría por falta de dinero, y los hinchas salen todos los días a quejarse. Vale. La próxima vez preguntaré antes de dejar volar la imaginación.
Esta región griega se llama Macedonia, no sé si de frutas o no. El caso es que si tu siguiente país es Macedonia, no te puedes referir a él como tal, pues los griegos se sienten ofendidos por utilizar el nombre de su región para el país_ese_de_al_lado_que_molesta. Normalmente se refieren a él como FYROM (pronúnciese fairóm), de Former Yugoslav Republic Of Macedonia. Como Grecia ha dejado de tener morbo como país para pedalear, decido ir hacia el norte, al país que tiene un nombre en siglas para acabar diciendo que es una ensalada de frutas.
De golpe, tras cruzar la frontera sin mayor trámite que enseñar el pasaporte y sonreír las gracias de los agentes sobre el fútbol español, se nota un cambio de plano de realidad. Se entra en un mundo con menos recursos, rural, lleno de plantaciones de vides, con coches que vuelven a ser herencia del pasado soviético, y otra vez los dolorosos monumentos a los caídos en la retahíla de guerras pasadas. Entro en el caldero balcánico, todavía con buena temperatura, con la religión usada para autosegregarse y la dirección política bailando a saber con qué sones. No obstante, todo está muy calmado, con muy poca gente. Hay mucha tranquilidad.
Pocos kilómetros después del paso fronterizo, aparece la población de Gevgelija. Da la impresión de ser lugar de “servicios transfronterizos” para los griegos, más que nada por la cantidad de clubs, casinos y otros oscuros lugares que se ven.
A partir de aquí, escribo desde Nueva Zelanda. Estoy a 30 de octubre de 2011. Había abandonado este episodio en parte por la desmotivación que me supuso el recorrer la parte europea del viaje, lejísimos del exotismo asiático que se había mantenido hasta Turquía. Pero desde el momento presente, echando la vista atrás, no tengo más remedio que continuar el relato desde otro plano. Un plano que lo enlaza con estos días.
Si aceptamos que todo se rige por la ley natural de la causa y el efecto, en la cual todo fluye y donde sembramos nuestras semillas de futuro a la vez que cosechamos lo sembrado anteriormente, a toro pasado, veo que aquí hubo una relación de causalidades (que no casualidades), que paso a relatar.
Después en Gevgelija llego a Negotino, todavía con un resto de ataque hemorróico, el culo en carne viva y tratando de explicar a la farmaceútica del pueblo, por medio de signos, lo que me pasaba. Esa noche deseaba dormir en una cama, y, tal vez, dejar a mis posaderas un día o dos de descanso en busca de la reconciliación con el mundo del ciclismo de carretera. Primera causalidad: ataque hemorróico determinante. Entré a un súper a por algo de comida. Al ir a pagar, con mi medio ruso, pregunto a la cajera por un sitio barato para dormir. Me dice que no, que el único hotel es uno muy grande que ya he visto al entrar a la población y que se sale de presupuesto. Andando hacia la puerta, con el pensamiento en ir a poner la hamaca a las afueras, me detiene un chaval que me dice, en inglés, que ha escuchado lo que le decía a la cajera, y que sí existe un lugar barato al que ir. Se trata del monasterio de San Jorge, en las afueras, donde dan alojamiento. Segunda causalidad: un espontáneo me dirige hacia un lugar imprevisto. Salgo del pueblo y sigo las indicaciones que me llevan al monasterio, el cual tiene instalaciones para llevar a cabo encuentros, convivencias, campamentos, jornadas, etc. No hay nadie, y después de pasear un rato, me sale al encuentro el encargado. Simpático personaje que me da hospitalidad inmediata, y me lleva a una habitación con cama, mucha luz natural, y tranquilidad. Precio por noche, unos 4 euros. El recibo que me rellena no tiene precio. Me pregunta mi nombre, le digo que Francisco Ibáñez Perales, y el lo transcribe a cirílico con absoluta naturalidad.
Genial, me quedo un par de días. Bien descansado y recuperado, llega la mañana de partir, todavía sin ninguna idea de hacia dónde dirigirme. “Casualmente” “esa” mañana, aparecen dos parejas de lugareños, con los que desayuno y hacemos una buena tertulia. Uno de ellos me sugiere una ruta bonita a seguir, en dirección a Albania, a los lagos que están en la frontera entre los dos países, concretamente, ir a Ohrid. Tercera causalidad: un espontáneo que aparece sólo el día de partida, no antes, y me da una ruta que seguir. Con ese objetivo, empiezo una bonita ruta, con viento en popa, que siempre hace más agradable el pedaleo, y que me hace ganar distancia tan ricamente. Al segundo día, veo que, en sentido contrario, se acerca otro ciclista con alforjas. Nos detenemos. Es francés. Viene de Ohrid y me comenta el sitio donde ha dormido, con muy buenas referencias. Si alguien de solvencia, como puede ser otro colega viajero, te da una buena referencia, úsala, ahorra sufrimiento. Así pues, continúo hacia Ohrid, con un croquis en un papel del lugar donde puedo instalarme. Cuarta causalidad: un ciclista espontáneo que me condiciona un alojamiento. Creo que tarde otro día en llegar a Ohrid. Con el croquis del francés en la mano, voy siguiendo las calles en busca de la guest house. De repente, un “pescador de turistas” me echa el alto y me pregunta si busco alojamiento. Le digo que no, que ya tengo. Me ofrece mejores condiciones sean cuales sean las que tiene donde voy. Cómo aprieta la crisis en todos los lados… Sin oponer resistencia a lo que está ocurriendo, le digo que de acuerdo, que vamos. Quinta causalidad: un espontáneo me redirige de un posible alojamiento a otro. Con la bici en la mano, nos dirigimos paseando y arreglando el mundo hacia su casa. Efectivamente, es su casa particular, y tiene dos habitaciones que ofrece a los viajeros. En la del piso superior, hay un canadiense. En la del piso inferior, una china. Abajo más barato. Escojo abajo. Sexta causalidad: podía haber cogido arriba. Abro la puerta de la habitación y allí está… Suki. Nos saludamos. Ella está preparando comida en su hornillo eléctrico, con el ordenador abierto lleno de pictogramas en chino. Mmmmm, buen feeling de entrada. Me explica su historia. Qué “casualidad”, también es víctima de “causalidades” que la han forzado a estar ahí en ese preciso instante. Viajaba con una amiga, y tenían la intención de cruzar a Albania. Resulta que con su pasaporte necesita un inesperado visado para entrar en ese país, y su amiga no. Aquí se separaron. Llevaba 3 días atascada mientras intentaba gestionar el visado para Serbia pero no sacaba nada en claro. Salimos a cenar y pasear por el lago a la noche. Mmmm, la corriente seguía fluyendo. Al día siguiente hablamos y, viendo que eso no podía ser casual, decidimos unir nuestros planes, visitar los países balcánicos juntos y explorar nuestra coincidencia. De esta manera empezamos los tres una peregrinación por Albania, Kosovo, Montenegro, Croacia y Bosnia. Digo los tres refiriéndome a ella, a mi y a la bicicleta, que empezó a viajar en autobús y en tren como un paquete más. Otra causalidad aparece, lo mismo que antes fue para juntarnos, ahora es para separarnos. Unos problemas domésticos hacen que ella deba partir, con urgencia, hacia China. Encuentra un vuelo interesante desde Bulgaria, y nos separamos en Sarajevo, donde ella toma un tren hacia Sofia. Recuerdo que el desconcierto que sentí fue grande, pero fiel a mi lema del viaje (adelante), tome la loba de nuevo y descendí por Bosnia y Montenegro hasta Albania, la cual crucé en pleno fervor de los últimos partidos del mundial de fútbol hasta Vlore, donde un ferry me llevaría hasta Brindisi, en el sur de Italia.
Las anécdotas vividas en estos países fueron muchas, a diario, como siempre, y casi mejor que queden como testigos las fotos comentadas del álbum correspondiente en picasa.
Durante un año hemos mantenido contactos esporádicos, cada uno desde sus circunstancias, siguiendo caminos separados. Hace unas semanas, los caminos apuntan a un nuevo encuentro, esta vez en sudamérica. Mañana vuelo para Brasil.
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1 comment
Vicente says:
31/10/2011 at 8:34 am (UTC -2 )
Ya se sabe, tiran más dos… uy, era algo que rima con bicicletas. Esto no es una coincidencia: regálale una bici.