Hacía días que recibía inputs sobre los cursos de meditación vipássana. Que si mi primuki, que si Lourdes y el escrito del ciclista en el que explica su experiencia, etc. Este último mes en NZ parecía el momento ideal para realizarlo. Una búsqueda en google, y resulta que, en la isla norte, hay un centro vipássana a una hora de Auckland. El enlace por bus desde Paihia, donde me encuentro, es bueno. Miro el horario de cursos. Uno empieza el 12 de octubre y es de los de 10 días. El trámite de inscripción por internet es fácil, y en un pis-pas, ya estoy a la espera de que comience.
He de reconocer que fui totalmente ajeno a lo que iba a ocurrir, sin conocimiento previo de la técnica, de la filosofía, y lo máximo que sabía era lo que, en la web, la organización Dhamma exponía. Como detalles iniciales te muestran un código de conducta a seguir durante el retiro que es fácilmente asumible: No matarás, no harás guarreridas sexuales, no robarás, silencio absoluto, no tendrás contacto físico con nadie, etc. Luego tienes un horario que realmente asusta: levantarse a las 4 de la mañana, 11 horas de meditación cada día con algunos descansos para comer y a dormir a las 9 de la noche. La comida es vegetariana: desayuno a las 6:30, comida a las 11:30 y la cena es a las 17:00, sólo fruta y té. Es decir, 13 horas de ayuno cada día. La mente ya empieza a generar excusas para rechazar el curso: no lo voy a poder soportar, me voy a morir de hambre, no voy a descansar, mis pobres piernas me van a doler hasta la muerte, y mil tribulaciones más que son una pista de qué va a ocurrir: una batalla entre la mente divagante con su pensamiento compulsivo, y la calma que sabemos que se puede experimentar y que es tan difícil en la existencia cotidiana.
Una de dos, o aceptas el programa porque te sientes preparado, o ya ni vas. Desde Dhamma insisten en que asistas con la firme intención de finalizar los diez días, para poder experimentar todo el proceso. Nadie te recluye, y puedes abandonar en cualquier momento, pero mejor ni ir si piensas en esa posibilidad.
El lugar, cerca de Kaukapakapa, es paradisíaco. Todo verde, verdísimo. Un pequeño valle orientado este-oeste, con sol todo el día (menos cuando llueve, cosa habitual en primavera), es surcado por un riachuelo. Las instalaciones para realizar los cursos se encuentran escondidas entre la frondosa vegetación. Los animales campan sin miedo por todos los lados. Conejos, póssums, pájaros, una vaca, y otros bichos, saben que no van a recibir mal y se comportan de manera confiada.
Para facilitar el desarrollo del curso, hay segregación por sexos, con la intención de no generar ningún impulso sexual que estimule la ya de por sí calenturienta mente humana. Se comparte la sala de meditación, pero el comedor y la zona de dormir no. Cada cual dispone de una habitación individual de unos 2×3 metros, con una cama y unas perchas, 100% austero. De esta manera, se puede meditar en solitario durante los períodos indicados para ello. No da tiempo a establecer mucha relación con l@s compañer@s antes de la presentación del curso y el establecimiento del toque de queda.
En los cursos vipássana se enseña la técnica que, hace 2500 años, el Budha desarrolló tras descubrir la manera de modificar el mecanismo mental que nos hace adictos al sufrimiento. De esta manera, dejamos de generar más sufrimiento y superamos todo aquel que acarreamos por nuestro pasado (según ellos, por muchas vidas). No se trata de aprender budismo como religión. No hay ningún elemento religioso en el curso, y está abierto a todas las personas de cualquier religión o ideología. Las instalaciones están libres de cualquier signo identificatorio, no hay mandalas, campanas, rosetones, inciensos, velas, figuras, altares u otros elementos que pudieran incomodar a nadie. Además, se insta a no practicar durante los diez días los rituales, oraciones, o cualquier acción relacionada con tus creencias. La intención es tener un espacio personal no interferido por nada. El silencio del lugar, el hecho de permanecer las 11 horas de meditación más las 7 de dormir con los ojos cerrados (mayormente) y el no disponer de teléfono, ni ordenador, ni papel para escribir, ni nada para leer, cortan radicalmente las entradas habituales de información con las que nuestra mente compulsiva se ceba para generar continuamente pensamientos no solicitados.
Todo está listo. Sólo falta el maestro.
El curso es impartido siguiendo unas grabaciones del maestro Goenka, un birmano, anciano pero todavía vivo, que llevó a cabo una gran labor de difusión de estas enseñanzas en la India y en su país. Su inglés es muy peculiar, y hace reir a todos en un momento u otro. Para los que no tenemos el inglés como lengua nativa, disponen de traducciones a nuestros idiomas para asegurar la perfecta comprensión de la técnica tal como la explica Goenka en el original. Goenka llevó al gobierno birmano y a prisiones los cursos de meditación vipássana, con asombrosos resultados al experimentar los seguidores los efectos de esta técnica. En la sala de meditación se encuentran dos profesores que se encargan del seguimiento individualizado del alumnado y asegurarse de que nadie se queda descolgado. El procedimiento es el mismo siempre, según ellos, igual que el utilizado por el Budha allá por el 500 A.C., y que experimentaron cientos de miles de personas. El Budha no fue el creador de la técnica. Ésta fue enseñada y practicada anteriormente a él. Su aportación fue el mecanismo de modificación del esquema mental basado en la meditación.
Intento explicar cuál es el mecanismo cerebral que nuestra mente usa continuamente para generar sufrimiento. Nuestros 5 sentidos más la mente son los que nos ponen en contacto con el exterior. A través de ellos percibimos sensaciones, las cuales son, instantáneamente, filtradas por nuestra mente inconsciente. Nuestro cuerpo reacciona generando emociones. Éstas, a su vez, determinan nuestro estado físico tras dicha percepción. Inconscientemente reaccionamos de una de estas tres maneras: no me gusta, me gusta o neutral. Si la condición es de no me gusta y la mantenemos durante cierto tiempo, genera aversión, la cual es un estado mental realmente estresante y desagradable para la conciencia. Si la condición es de me gusta y persiste en el tiempo, genera ansiedad, también desagradable y estresante. Una condición neutral puede pasar o convertirse en cualquiera de las otras dos. Así pues, continuamente estamos generando sentimientos de ansiedad o aversión por todo, lo cual nos genera un estado mental consciente de pensamientos y emociones negativas que nos hace sufrir. Sufrir por lo bueno y por lo malo. Por lo bueno que deseo que me ocurra o que ya me ocurrió, y por lo malo que creo que me puede ocurrir, que no quiero que me ocurra o que ya me ocurrió. Siempre proyectando en el pasado o en el futuro. Contra más vueltas da nuestra mente consciente a estos sentimientos, más profundos se hacen y conforman nuestra “personalidad” totalmente condicionada y ejercen una influencia negativa en nuestro cuerpo físico que todavía intensifica más las ansiedades y aversiones. Cuando nos llega el momento de actuar, inconscientemente, vamos a utilizar todo el esquema de aversiones y ansiedades que acumulamos para actuar reactiva y caóticamente ante cualquier situación que requiera nuestro pensamiento, palabra u obra. Actuando bajo la ansiedad o la aversión, no podemos juzgar objetivamente la situación y nuestra acción va a ser egoísta e injusta. Como todo está sujeto a la ley de la causa y el efecto, nuestra actuación va a generar circunstancias y eventos caóticos e injustos. Estos eventos, a su vez, van a generar sensaciones acordes en nuestro cuerpo físico, ante las cuales vamos a reaccionar con aversión, lo que perpetúa el ciclo del sufrimiento.
El proceso se puede intelectualizar y puede ser comprendido e identificado en nosotros mismos y en los demás. En un momento de tranquilidad mental, incluso podemos hacer buenos propósitos de cambio, pues reconocemos en nosotros mismos este bucle infinito que perpetúa el sufrimiento en base a cómo actuamos. Es como los buenos propósitos de año nuevo, identificamos los cambios que deberíamos hacer en nuestra vida, pero difícilmente los llevamos a cabo. Sencillamente no podemos, nos rendimos y continuamos con los viejos hábitos.
El esquema mental de ansiedad/aversión es poderoso, lo alimentamos desde el mismo momento en que, tras nacer, descubrimos que llorando podemos obtener el alimento. A partir de ahí generamos nuestra personal y única estructura de reacción que nos va a condicionar ante cualquier decisión a tomar.
El Budha descubrió que era imposible cambiar este esquema mental a través de la consciencia, ya que es un mecanismo que ejerce desde la mente subconsciente. Basándose en ello, desarrolló la meditación vipássana, la cual nos va a permitir cambiar la forma en que reaccionamos ante las sensaciones (con aversión o ansiedad) por un estado de ecuanimidad, sin juzgar y libre de ansiedad o aversión.
Cuando la mente consciente experimenta ecuanimidad produce sensaciones y pensamientos positivos, los cuales se reflejan instantáneamente en el cuerpo y favorecen dicho estado. Las actuaciones no son egóticas y reflejan altruísmo, y, a su vez, afectan al mundo positivamente, convirtiendo las acciones en harmoniosas y generadoras de bienestar. Esto es percibido por nuestros sentidos como sensaciones que nos van a permitir liberarnos del ciclo generador del sufrimiento y establecer uno de genuina paz y harmonía.
Muy bonita la teoría, pero… ¿cómo narices lo vamos a hacer? ¿cómo metemos mano a nuestro subconsciente, al cual sólo identificamos por cómo gestiona nuestras reacciones? ¿qué hacemos en la práctica para cambiar el resorte que nos hace juzgar cada entrada de nuestros sentidos y catalogarla como buena o mala y pasar a observar esa entrada ecuánimamente? La respuesta es: necesitamos practicar un comportamiento ecuánime de una manera diferente a lo hasta ahora vivido. Algo donde la mente subconsciente no tenga todavía un comportamiento adquirido. ¿Pero eso existe? Sí, y todos lo llevamos dentro. Se trata de observar nuestro cuerpo identificando las sensaciones que están ahí y que normalmente sólo sentimos cuando son muy fuertes. En un estado de mente calmada y concentrada, que se obtiene con la técnica de concentrarnos en la respiración, fijamos nuestra atención en las diferentes partes del cuerpo y observamos las sensaciones sin clasificarlas en buenas ni malas, sin generar aversión o deseo por ellas según nos gusten o disgusten. Aplicamos ecuanimidad. A partir de ahí, son diez días de trabajo más que intensivo en los que la mente subconsciente nos va a intentar sacar de la concentración continuamente, sin descanso. Aunque muchas batallas las va a ganar ella, poco a poco podemos mantenernos con la mente en blanco, sin verbalizar, concentrada en la labor de repasar las sensaciones del cuerpo y dándonos cuenta de que todas son transitorias: tienen un comienzo, ganan una intensidad, se mantienen un tiempo y desaparecen. Son impermanentes, “Anicca”, en la lengua pali. En cuanto aceptamos su impermanencia, subconscientemente estamos aplicándolo a todo en esta vida (básicamente, hasta la vida misma es impermanente), y al aplicar la ecuanimidad, estamos rompiendo la cadena del sufrimiento al no reaccionar ante las sensaciones y no incrementar las ansiedades o las aversiones que eternizan el proceso del sufrimiento.
Hasta aquí hemos visto el proceso por el cual dejamos de generar nuevo sufrimiento, pero la técnica tiene su guinda. A través de la práctica del proceso, al cesar la creación de nuevo sufrimiento, empiezan a aparecer en nuestra mente todas aquellas reacciones antiguas fruto de traumas y experiencias negativas, es decir, nuestra “mochila emocional” empieza a aparecer por el hueco dejado. Como ahora somos capaces de actuar con ecuanimidad, no reactivamente, todas y cada una de estas antiguas cargas (senkaras en el lenguaje de la época), se disuelven bajo el paradigma de la impermanencia. Anicca, anicca, anicca.
Duro trabajo. En diez días te enseñan de qué va, pero es trabajo para toda la vida. El maestro Goenka insiste: trabaja diligentemente, pacientemente, persistentemente. Medita 2 horas por día y cada año dedica 10 días a un curso.
Lo más asombroso es cómo se avanza en el proceso de auto descubrimiento de la técnica. No se te dice lo que va a ocurrir nunca, para no predisponerte. Se te enseña la técnica de meditación vipássana, que consiste en la concentración sobre tu cuerpo para percibir las sensaciones que hay en él. A partir de ahí la experiencia es personal, cada cual la vive a su manera, y es mejor no comentarla mucho para no generar expectativas, o, lo que es peor, ansiedades o aversiones.
Éste es el enlace a la página web de Dhamma: http://www.spanish.dhamma.org/

Pero que dices?