Epson dejó de imprimir.

¿Es el cariño proporcional al tamaño del animal que lo recibe?
Si se te muere el hamster, ni le das importancia. Lo tiras a la basura directamente. Como mucho piensas que irás a la tienda a por otro, ya que hacía bonito en la jaula puesta en la galería y también te acompañaba en los pocos ratos que compartías con él en casa. Casi como un jarrón con flores frescas, el cual renuevas sin mayor problema cuando perecen en la estantería.
Si el fallecido es el gato, la convulsión puede ser mayor. Hay gente que convive con gatos a los que da de comer los friskies de rigor y les tienen el cagadero limpio, pero resultan asociales y viven guarecidos en diversos lugares clave conquistados impunemente; típicamente se trata de armarios, cajones y todo tipo de recovecos que suponen una inmerecida cesión al minino. Todo lo contrario que otros colegas de esta especie, los cuales sienten cierto interés por los amos y visitantes, buscan caricias, proponen un juego, te miran a los ojos y se sientan contigo en el sofá o directamente encima tuyo. No obstante, cuando muere cualquiera de ellos, tras la pena inicial, substituir al felino es cuestión de que para la gata de algún colega y toque hacerse cargo de algún cachorrillo.
Si se trata de un perro, animal fiel y desinteresado, con el que la relación toma un nivel sentimental que sólo conocen aquellos que lo han vivido, el choque es considerablement mayor. El sentimiento de pena se alarga en el tiempo y los recuerdos están presentes en ti de por vida. Pensar en un substituto es una traición a su memoria.
¿Y un caballo? Un ser de dimensiones avasallantes para nosotros. Alguien a quien no podemos apartar con un gesto o un empujón, a quien hemos de respetar por su grandeza y fortaleza. Alguien con el que mantenemos una relación simbiótica en la que tú le das cuidados y él te devuelve su porte, su vitalidad, su energía. Te haces cargo de su temerosidad, sus miedos, su inquietud, su instinto de superviviencia y él te hace volar dándote una perspectiva altiva, por encima de lo cotidiano, compartiendo una descarga de energía extenuante para ambos como culminación de la relación.
Pobre Epson. Después de ser trasladado a la Cerdanya, donde empezaba a hacer una vida casi idílica para un caballo, su cuerpo le falla definitivamanete y nos abandona. Se lleva el cariño de sus dueñas y los que le conocíamos. Nos deja su recuerdo.

Viaje por la Europa del Este – 1/20 Enero 2008

Capítulo I
El aborto de Uzbekistán.

Como conmemoración del aniversario del viaje a Estambul con Pol, decidimos preparar otra salida.
Para elegir destino utilizamos el criterio fundamental en estos casos: ¿cuál es la compañía aérea de bajo coste que te lleva más lejos por el menor precio? Mirando, mirando, Pol encuentra Air Baltik, que ha abierto vuelos hasta países asiáticos vía Riga, Letonia (la ciudad de la leche). Entre ellos vemos que operan un vuelo hasta Uzbekistán, país ubicado en el meollo de todos los países que acaban en “istán”, teniendo frontera con Kazakhstán, Kyrgyzstán, Tajikistán, Afghanistán, Turkmenistán y Chiquitistán.

El acceso al país está sujeto a un visado, que se ha de obtener en una embajada
previamente al viaje. En España existe un conato de embajada, situada en un piso de Madrid, pero que no tiene sección consular, y por lo tanto, no gestiona visados. Optamos por la embajada en Londres, ya que prometen la gestión en 2 días. Dos días en uzbekistaniano, que tienen un plano temporal diferente, significa “ves a saber cuándo”. Esto lo comprendes más adelante, no en el momento en el que lo lees, sinó 15 días después, cuando faltan 3 días para el vuelo y nos comunican que no nos conceden los visados 🙁

Ala, intenta devolver los billetes de avión y a recuperar los pasaportes. Pero la gran compañía de transportes internacionales DHL, con la que teníamos un servicio de devolución pagado, hace alarde de una gran competencia imposibilitando la recogida de los mismos.
Con cuatro días de espera en dique seco, el 31 de diciembre decidimos empezar nuestro viaje con una operación de rescate de los documentos en persona, asaltando la embajada de Uzbekistan en Londres, con empleo de fuerza letal y destrucción del inmueble.
Una vez recuperados los pasaportes, reservamos un vuelo para Estambul con Easyjet, que nos permitirá escapar a toda velocidad del país, no sin antes asistir a un tópico musical en Picadilly Circus. Escogemos SPAMALOT, basado en las obras de los Monty Phyton. Muy divertida, aunque sólo te rías en 25% que los demás espectadores 🙂

Capítulo II
Plan B, nos vamos al Mar Negro, ala.

El plan B, que ya habíamos preparado antes de decidirnos por el Uzbekistán, consistía en ir a Estambul, embarcar en un ferry hasta la península de Crimea en Ukrania, luego bajar hasta Odessa, pasar a Moldavia, Rumanía, Bulgaria y vuelta a España.
Pues no, resulta que en invierno las rutas de ferry por el Mar Negro están cerradas. Oseasé, que a recurrir a transporte terrestre…


Capítulo III

Plan C, o que fluya.

Mejor abandonamos los planes y vamos tirando, que el tiempo pasa volando (Weather flies, speaking in silver).
Cogemos un vuelo Londres-Estambul, y pasamos la noche en un hotel de alto nivel, con escoba en la habitación para protegerte de posibles ratas saliendo del cagadero turco. Al día siguiente, después de verificar que no hay ferries para Ucrania (snif), vamos a buscar cómo salir en tren del país, dirección Sofía, capital de Bulgaria. Como que tenemos tiempo, nos vamos a matar las horas sin luz al café Mármara, con su tecito, su dominó y su cachimba.
Para sorpresa nuestra, después de no saber exactamente si había plazas o no en el tren, nos han colocado en un coche cama, que nos va a p
ermitir hacer el viaje con bastante dignidad. Dignidad que se acaba a las 4 de la madrugada en la frontera con Bulgaria, donde toca control de pasaportes. Hay que vaciar el tren y esperar a que un funcionario somnoliento revise todos los documentos de los viajeros. Aquí tenemos el primer contacto con diversas realidades que se repetirán en todo el viaje: el inmenso frío nocturno capaz de helar el espíritu, la crueldad de los controles de pasaportes y la resignación de los lugareños a ambas cosas. El frío es tan grande, que en las ventanas aparecen gruesas capas de hielo, menos mal que cada vagón dispone de una calefacción a carbón que el encargado alimenta a paladas, y que suministra calor en abundancia.

Sofía nos aparece como una ciudad muy poco activa. Apenas hay tráfico, no hay un bar más que cada 10 calles, si lo encuentras, y donde lo único que resalta son los edificios neoclásicos institucionales, las estatuas a todo cristo, monumentos a caídos en las guerras y las iglesias cristianas ortodoxas con su gran afluencia de devotos. Cabe destacar el cambio de guardia del edificio de los mutantes galácticos del cual tomé este vídeo.

Las visitas de rigor se hacen rápido, y decidimos saltar a Veliko Tarnovo, primera capital del país, donde se firmó su independencia y con una fortificación que hay que visitar. El viaje en autobús no está exento de anécdotas. Cada media hora o menos, el se detiene, el conductor baja con una bandeja de mesa, y rasca el hielo que se ha formado en el parabrisas y ya no le deja ver. Tras las pertinentes horas de autobús, llegamos, ya de noche, a la ciudad, con medio metro de nieve y la apariencia de una ciudad hivernando. “Decidimos” dar un paseo de un par de horas buscando el albergue, andando por callejuelas tan cucas como esta:
Al final “optamos” por dar vidilla al pueblo, y cogemos un taxi para que nos llevara al Hostel Mostel, de los mismos amos que el del mismo nombre en Sofía.

El lugar, con una niebla cuasi-leridana, es precioso. El río del lugar forma unos impresionantes meandros entre los cuales se ubica la población y la fortaleza. Para nuestra desilusión, el acceso está bloqueado por la nieve, (aunque puedes comprar la entrada ¿?), y nos conformamos con rodear uno de los meandros en un largo paseo.

La siguiente estapa es a Barna, o Varna, en la costa del Mar Negro. Es una ciudad bonita, preparada para el turismo estival, y es el primer sitio que vemos que retiran la nieve de las calles, disponen de brigadillas de mujeres que, armadas con todo tipo de enseres, pican el hielo y la nieve y los recogen. Seguimos con la misma tónica de los edificios neoclásicos institucionales, los monumentos y bustos por doquier, además del famoso memorial de la Primera Guerra Mundial, que nos concede unos minutos de sol para disfrutarlo. Muchas playas y chiringuitos veraniegos, museo naval, teatro de la ópera, bonita zona peatonal. Desde luego, no es para el invierno. Como experiencia cultural escogemos el paradigma cinematográfico por excelencia. A falta de una proyección del Potenkim fuimos a ver “Allien versus Predator 2”, con subtítulos en búlgaro de los gruñidos de ambos extraterrestres 😛

Siguiente estación peregrinatoria: Odessa, en Ucrania, cruzando Rumanía y Moldovia sin detenernos en ellas, ya lo haremos de bajada. Un agradable tour de 20 horas en un autobús trinchado, sobre una carretera helada, en un cacharro reventado que, de vez en cuando, se detenía sin más, y tras unos acelerones, volvía a ponerse en marcha. En un momento dado, allá por la medianoche, un personaje ya entrado en años, solicita una parada para poder orinar. El bus se detiene en la calzada, en la oscuridad vampírica de Rumanía, y bajamos en manada todos los machos, que, titola en mano, procedemos a recrear las fuentes de Montjuic con emisiones de vapor de agua y plasmando sobre la nieve verdes dibujos lineales de alto valor artístico. Las pocas mujeres de a bordo no nos consta que orinasen en todo el viaje, pobres.
Odessa desprende una sensación totalmente diferente a lo visto hasta ahora. Es mucho más ciudad, más viva, más animada, más cuidada y se observa un mayor nivel de vida general. También es destino tuísitico de verano en el mar negro, amén de su puerto comercial, bastante impresionante. Ahora bien, su cirílico es más difícil de interpretar que el búlgaro, lo cual nos lleva a aumentar nuestro nivel de ruso para poder leer calles y carteles. Estar en Odessa marca el meridiano de nuestro viaje, pues en ella se encuentra el objetivo más importante del mismo: los Escalones Potemkin. En ellos se filmó la masacre de civiles de la película El Acorazado Potemkin. Te la puedes bajar, legalmente, de http://www.archive.org/details/BattleshipPotemkin.
Las estatuas a los fundadores y personajes del lugar son abundantes, y destaca lo bien cuidados que están los edificios, pintados en tonos pastel de múltiples colores. La noche es animada, y la calle de los vinos hay abundantes locales donde se concentran las pubillas ucranianas, números uno en cualidades femeninas.

El capítulo Moldavo merece la pena esquematizarlo, ya que tiene cierta complejidad.

  • Antecedentes. Visitar Moldavia era otro de los puntos fuertes del viaje, ya que se trata de un país todavía sumido en el socavón post-comunista, y nada abierto al exterior. Las guías indican que hay un altísimo índice de corrupción, con unas fuerzas del orden que tienden a inventarse delitos y faltas con tal de recolectar “sobresueldos”. La intención era pasar de Ucrania a Moldavia, concretamente a Chisinau, la capital.
  • Primer contacto. Fue durante el trayecto de Barna a Odessa, en el que la carretera que conecta Rumanía con Ucrania tiene un breve recorrido de 2 kilómetros por el interior de Moldavia. En el medio se encuentra la población de Giurgiulesti. Esto significaba pasar por el control de frontera de Rumanía (1 hora), el control de entrada a Moldavia (1 hora), 2 kilómetros después, el control de salida de Moldavia
    (1 hora) y, finalmente, el control de entrada a Ucrania, (1 hora). En total 4 horas en la noche, con más frío que en Siberia, para que, funcionario tras funcionario, recogiera los pasaportes de todos los viajeros y realizaran vete_a_saber_qué_comprobación en la garita de guardia.
  • Aspectos técnicos. La salida de Rumanía para los ciudadanos de la UE, no supone ningún trámite. No hay visado ni sellado del pasaporte, incluso puedes ir con el DNI. En Moldavia sí. Te estampan un sello conforme entras, y otro conforme sales. En Ucrania te sellan el pasaporte y te dan un documento de inmigración a presentar en la salida.
  • La trampa. Los pasaportes los recogen y devuelven a los pasajeros todos a la vez, en un paquete que el conductor reparte o entrega a alguien del pasaje para ser distribuidos. Total, que cuando el pasaporte vuelve a tus manos, el bus puede que ya esté en marcha. En mi pasaporte se registraba toda la secuencia de sellado antes comentada, pero en el de Pol…. faltaba el sello de salida de Moldavia. Se habrán olvidado.
  • Segundo contacto. Después de la visita a Odessa, tocaba entrar en Moldavia y dirijirnos a Chisinau, la capital. Para ello cogemos un autobús directo. Al llegar a la frontera, ya de noche (lo normal…), empieza el control: todos los pasajeros abajo, entrega de pasaportes, revisión del maletero del autobús, y control de inmigración. Todo el resto del pasaje era lugareño, y sólo estábamos dos extrangeros: carne fresca para los corruptos.
  • Primer penalty. Nos retiran los pasaportes y se los llevan a la garita del micomandante de turno. Todos ellos van vestidos con gruesísimos trajes militares y el gorro de pelo típico del lugar, con una hoz y un martillo cruzados en la frente :-S Los de aduanas nos hace coger el equipaje y pasar a las dependencias de “registro”. Nos hacen rellenar una declaración de pertenencias, divisas, etc, en la que hacemos constar las cámaras, teléfonos, ipod, divisas y nada más. Una vez firmado el documento, nos hacen vaciar las mochilas en una mesa, examinando por encima el contenido. A continuación nos hacen vaciar las carteras y…. se ponen a contar el dinero. Enseguida encuentran el resquicio. “Mister Francisco, you declared 300 USD and really you have 480”. Hace un montón con los 300 declarados y otro con el resto. Y entonces dice que es un serio problema, que he declarado y firmado por 300. Me ha de abrir un protocolo. O eso, o….. un “penalty” de 50 dólares (su sueldo de una semana). Tras indignarnos terriblemente, aludir que no somos criminales, que es un error y blablablá, negociamos el penalty hasta los 20 dólares. Que le aprovechen.
  • Segundo penalty. Nos dirigimos al control de pasaportes, donde un bigotudo al estilo Stalin se burla de nosotros por la falta de militancia en el Real Madrid y nos suelta que “There is a problem.” Ya estamos, toca la segunda untada. Dice que falta un sello de salida de Moldovia en el pasaporte de Pol. Inmediatamente nos damos cuenta de lo “casual” del olvido en el primer cruce de su forntera. Ellos mismos se generan los clientes. Como diría Maragall: que cabroooooons! Nos requeteindignamos, cosa que le importa un pimiento al aprendiz de Stalin, y comentamos entre nosotros que si hay un problema en el pasaporte no lo podemos arrastrar por el pais, pues será fuente de problemas continuos. Decidimos mandarle al cuerno, coger los pasaportes y dar media vuelta hacia Ucrania.
  • Me devuelva el soborno, leches. Nos vamos, pero a mi que me devuelva los 20 dólares el monigote de la aduana. Lo localizamos y se lo digo directamente: el otro agente nos pide más dinero y no queremos pagar. Nos vamos para Ucrania, pero me devuelva el penalty. Sorprendido, hace un gesto de “esperar” y llama por teléfono, suponemos que a Stalin para preguntarle qué pasa. En un par de minutos cuelga y viene hacia nosotros con la mano cerrada, que, muy disimuladamente me la acerca con el billete en el puño. Para tocarle la pera, recojo el billete, lo abro ostentosamente que se vea qué es lo que me entrega, nos damos la vuelta y nos dirigimos a retirar los pasaportes y caminar los 200 metros de tierra de nadie entre los dos países. Teníamos la sensación de ir a ser tiroteados en cualquier momento por la espalda, o por lo menos en las películas así ocurre 😀 Un providencial autobús, nos devuelve a Odessa.
  • Queremos ir de Ucrania a Rumanía! Pero no es tan fácil como parece. O pasamos por Moldavia a través del paso de Giurgiulesti, o damos la vuelta a toda Moldavia y pasamos desde Ucrania por el norte. Esta última opción es demasiado imprevisible. Lo que sí es previsible es que por Giurgiulesti tengamos problemas con el pasaporte de Pol. Sin mucho donde escoger montamos en un autobús hasta Reni, última población antes del paso. Allí cogemos un autobús que va al interior de Moldavia, y que abandonaremos, si al Kremlin le place, en Giurgiulesti, para ir andando hasta el puesto fronterizo con Rumanía. La salida de Ucrania y entrada en Moldavia no causa problemas, incluso a Pol le vuelven a sellar el pasaporte conforme ha vuelto a entrar. Ay Dios!… cuando vayamos a salir nos van a capar con dos sellos de entrada. El autobús nos apea en medio de la nada, ver foto, y empezamos a andar hacia el lado Rumanés, aka, Europa.
  • Desenlace. Implorando al fluir universal que se enrollara un poquito, los midiclorianos se apiadan de nosotros y se materializan en forma de monovolumen moldavo en el que viajan una pareja de, como mínimo, extraperlistas, que, sin pedírselo, se ofrecen a llevarnos. Nos acercamos a la frontera y vemos como la señora coge un billete de la guantera, nos pide los pasaportes. Nos detenemos en el control de pasaportes, baja ella sola, entrega el billete a un agente y los pasaportes a otro. Los sellan inmediatamente, y se los devuelven. Poderoso caballero es don dinero! A continuación toca entrar en Rumanía. 100 metros antes del control, se detienen y lo observan con unos binoculares, comentan algo así como “tira ya”, y nos acercamos a las cabinas. Detienen el vehículo y se acerca un agente, y antes de que llegue al coche, se acerca otro, con cara de Mortadelo, y le aparta. Bajan del coche, comentan algo y abren el maletero, que se encuentra lleno de cajas con inscripción de “galletas” y un saco de cereal. Mortadelo se hace el asombrado y mira una caja, la de encima. Todo en orden. Continúen. Nos acercan hasta la estación de trenes de Galati, a 8 km del lugar. Nothing happens.
  • Epílogo. Nos teníamos que haber documentado más. La frontera de la discordia forma parte de la autoprocamada República de Transdniéster, de carácter pro-comunista, con ejército propio y control de sus fronteras. En su interior se encuentran fábricas armamentísticas de primer orden, y es terreno altamente corrupto. Merece la pena leer su historia reciente.

En Galati cogemos un tren hacia Brasov, bonita ciudad donde haremos base para visitar el Castillo de Bran y la Fortaleza de Rasnov. El primero fue donde se inspiró Bram Stroker para describir el castillo de su personaje Drácula, que a la vez se inspiró en un lugareño llamado Vlad Tepes. Este señor tenía afición por coger a los turcos y empalarlos, de tal manera que no dañaba los órganos internos y les permitía gozar hasta 48 horas de semejante suplicio. El alias del angelito era Dracul, y para más morbo, se dice que bebía sangre de sus enemigos muertos. La leyenda está servida.
Ahora bien, los registros del castillo cuentan que Vlad Tepes pasó sólo 3 días en el castillo, y para más inri, en las mazmorras.
En la fortaleza de Rasnov vivió el padre de Vlad, cosa que sólo sirve para darle más morbillo al tema, pero que es anecdótico, ya que, de por sí, es un lugar precioso.

Estamos en Rumanía, ha salido el sol (a ratos), y todo es diferente. Con la gente te entiendes bastante bien. Todo lo escrito es comprensible y el espíritu de Vlad nos acompaña.
Ante tal subidón vampírico, no nos queda más remedio que trasladarnos a ver la cuna de Vlad, allá dónde puso sus alas en este mundo: Sigishoara.
Se trata de otra fortaleza, muy bien conservada, con todo un entramado de calles a la antigua usanza, con casas multicolor, iglesias diversas, museos y los centros educativos del lugar. Según reza la placa en la casa natal de nuestro Vladito, allí pasó sus 4 primeros años de edad, aterrorizando a los demás bebés de la guardería por su costumbre de morderles en el cuello. Pero la modernidad no perdona, y la casa ha sido transformada en un restaurante, por su puesto, de nombre Casa Drácula.

Vivir en Sigishoara es difícil. Existe el toque de queda a partir de las seis de la tarde para evitar los vampiros, que aparecen con el atardecer y buscan víctimas a las que chupar la sangre. Durante los inviernos fríos hay más tolerancia, pues, no es que hivernen los vampiros, sino que se emborrachan para soportar mejor las bajas temperaturas y no vuelan por miedo a perder la licencia de vuelo en los controles de alcoholemia.

De un golpe de tren nos plantamos en Bucarest, que será la culminación del periplo por los países de la Europa del Este. Gracias al líder Ceaucescu, Bucarest es un auténtico despojo de ciudad. Anda que no hay faena para arreglarla. Su huella es omnipresente en los destrozos que realizó. Según declaró el director de sus servicios secretos (Securitate), Pacepa, cuando planificaba tenía una sonrisa sospechosa, como si hubiera estando dándole a los petas previamente. Yo creo que esto no debió ser así, pues en su posición podía disponer del mejor mescal mejicano para estos menesteres.
Las visitas preceptivas son la Casa del Pueblo (más bien casita, es el segundo edificio más grande del mundo, después del pentágono yankee), el Arco del Triunfo, (necesario para que un buen dictador tenga por donde pasarse todo lo que quiera), el conato de Campos Elíseos, el memorial comunista, los edificios neoclásicos, iglesias y estatuas abundantes, y la Fundación la Caixa, que ya empieza a manejar la vida de los rumanos.
Aquí sí que dimos en el clavo. Con el afán de parecer unos viajeros interesados por la historia reciente del país, fuimos a ver un documental de nombre Cold Waves, en el que se explica la influencia de Radio Free Europe (la CIA, vamos) en la caída del régimen de nuestro amigo drogata, y cómo interfería sus emisiones para intentar evitar que el populacho pudiera sintonizarla. Esta emisora de radio era el único vínculo de conexión con el exterior, y generó un sentimiento de unidad y complicidad que facilitó la caída de Ceaci, como le llamaban los amigos. También narra, aunque matizando que no pudo ser probado, la sospecha de que irradió a los directivos de dicha emisora, causándoles la muerte por envenenamiento radioactivo. Animalito, ¿no podía empalarlos al estilo Vlad? hubiera quedado más rumano.

Vuelo con clickair hasta Barcelona, donde nuestro buen amigo Josep nos viene a recoger, ahorrándonos la angustia del viaje BCN-Lleida. Gracias, Netti.

Fotos del viaje: Las del PakoLas del Pol

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